domingo, 28 de agosto de 2011

¡Hasta siempre Kampankis!

Escrito el 23 de agosto del 2011

Escribo estas líneas desde Puerto Galilea, localidad ubicada a orillas del río Santiago, en la región Amazonas. Hace dos días salimos del monte, y debido a que una espesa nubosidad cubre toda la zona por la presencia de un frente frío que llegó desde Brasil, estamos todos aquí esperando a que el cielo se despeje para poder volar finalmente a la ciudad de Tarapoto. Allí, escribiremos durante una semana el informe preliminar del inventario rápido. Ayer por la mañana los diferentes equipos empezaron a escribir sus resúmenes, y después que los pilotos nos informaron que ya no volaríamos ese día, decidimos jugar un partido de fulbito con dos de ellos, con los ictiólogos, dos de los botánicos y un poblador local. El partido tuvo que ser suspendido por falta de luz natural, aunque pudimos ver finalmente los rayos del sol iluminando con tonos naranjas y rojos las nubes que cubren los alrededores del Santiago, lo que nos dio, además de un bello espectáculo, la esperanza de poder volar a Tarapoto. Apenas regresamos del campo, tal como se lo habíamos prometido a las autoridades locales, los propios científicos presentaron los sorprendentes resultados iniciales del inventario en los cerros Kampankis—incluyendo muchas fotos—a los pobladores y autoridades locales de la cuenca.

Geologo Vladimir Zapata presenta los resultados geológicos.
Foto: A. del Campo
Presentación de resultados por los científicos locales.
Foto: A. del Campo
Botanico David Neill explicando los resultados del inventario rápido.
Foto: A. del Campo

Una niña mirando las laminas a colores hechas por Field Museum.
Los antropologos anotaron los nombres Wampis y Awajún con la meta de
crear guias con ambos el nombre indígena y el nombre científico.
Foto: A. del Campo
Cuarto filo: una ventana al Santiago
 Como tuvimos que quedarnos una noche más aquí en Galilea, y parece que el tiempo no va a cooperar para volar, sin perder un segundo Debby empezó a organizar a los grupos para ganar tiempo y comenzar con el ejercicio de fortalezas, amenazas, oportunidades y recomendaciones desde aquí. La gente se acomodó en algunas de las mesas de este enorme hotel de cemento, que aunque distorsiona el paisaje y continúa creciendo tiene una vista envidiable. 
Científicos en reunion de trabajo en el Hotel en el Caserío La Poza.
Foto: A. del Campo
Desde nuestro improvisado salón de trabajo se observa una gran playa al frente del Santiago, los pequepeques y otras embarcaciones que surcan y bajan el río, y al fondo las montañas que apenas se dejan ver por capricho de las nubes. Esas mismas colinas las habíamos escalado en cada uno de los cuatro sitios del inventario. 

Las crestas de los Cerros de Kampankis, cubiertas por nubes.
Foto: A. del Campo
El cuarto sitio tenía un sabor especial para mí ya que, junto a los pobladores Awajún de la quebrada Cangasa, hicimos la larga y accidentada trocha que llegó hasta la cumbre de Kampankis. 

La cresta de Kampankis desde el mirador en el campamento cuatro.
Foto: A. del Campo
Esta vez subí con Renzo y Emilio Cenepo, apu de la comunidad de Nueva Alegría, observando aves hasta que llegamos como a las tres de la tarde al campamento satélite que se encontraba a poco más de un kilómetro de distancia de la cima. 
Raices y rocas calizas.
Foto: A. del Campo
Luego de la enésima lata de atún con galletas de soda, subí con Emilio para observar el atardecer desde el mirador del filo de la cordillera, mientras que Renzo se quedó registrando especies de aves de colina. 

El puesto del sol en el mirador.
Foto: A. del Campo
En el mirador también se encontraba Ernesto, otro de los ornitólogos del grupo. Hermosas tangaras y tucanetas con colores casi surrealistas nos obsequiaron un inolvidable show antes de caer la noche cuando retornamos a acampar en el pequeño claro.

A la mañana siguiente, antes de volver a subir a la cumbre para observar el amanecer, un grupo de despreocupados monos choro se desplazaba entre las ramas de los árboles. Vimos a uno de los machos posado en una rama, la que luego balanceó hasta en tres oportunidades para catapultarse a si mismo hacia otro árbol. Cuando llegamos al mirador, mientras yo tomaba algunas fotos, Emilio intentaba identificar con mis binoculares algunas de las comunidades ubicadas a orillas del Santiago. A cada momento exclamaba: “Ahí está Democracia,” “En esa curvita está Yutupis,” “Ahí al fondo se ve La Poza.” 
Tributarios del río Santiago
Foto: A. del Campo
Al frente de nosotros observábamos una imponente montaña, pero como no podía retratarla con mi cámara en toda su dimensión ya que estaba parcialmente tapada por unas palmeras, tuve que treparme a uno de esos árboles cubiertos de musgo y plantas epífitas para tomar una foto. Antes de emprender el retorno de bajada al campamento principal,  me pareció escuchar a unos guacamayos a lo lejos, así que le pedí mis binoculares a Emilio. Cuando volaron, me di cuenta por qué no los había podido ver en primera instancia. Se trataba de dos Guacamayos Militares (Ara militaris), cuyo verde plumaje los mimetiza perfectamente con las hojas de los árboles.

Interacciones y nuevos descubrimientos
 Los herpetólogos habían pasado las noches anteriores buscando especies de ranas y lagartijas de colinas, y como van siempre en la oscuridad, ellos encuentran a veces con sus linternas algunas aves durmiendo en las ramas de los árboles. Pablo logró fotografiar algunos de estos pájaros con su pequeña cámara, contribuyendo así con el registro de especies del inventario. En general los científicos interactúan todo el tiempo unos con otros. Vladimir, el geólogo del equipo, en todo momento intercambia información de los suelos y las rocas con los botánicos y con otros miembros del equipo. Los ictiólogos averiguan qué semillas comen algunos peces con la ayuda de los botánicos. Lo mismo los ornitólogos y Lucía, la mastozoóloga, quienes muchas veces observan respectivamente aves y mamíferos consumiendo frutos en las copas de los árboles. Durante el inventario, a manera de aprendizaje mutuo los biólogos interactuaron también con los científicos locales y los asistentes de campo que habían sido previamente seleccionados en las comunidades para apoyarnos en el monte. Es importantísimo contar con un equipo interdisciplinario durante un inventario para entender mejor como funciona la compleja dinámica del bosque.
Apus del río Cangasa observando serpientes y usando las laminas.
Foto: A. del Campo
Nigel Pitman hablando del trabajo de los botánicos con los pobladores locales.
Foto: A. del Campo
Alessandro Catenazzi enseñando el trabajo herpetológico a los pobladores locales.
Foto: A. del Campo 
Lucia Castro intercambiando datos sobre mamíferos con los expertos locales.
Foto: A. del Campo
 Aunque todavía se tiene que hacer consultas con otros expertos, durante el inventario rápido los científicos han encontrado varias especies de ranas, lagartijas, plantas y peces que podrían ser nuevas para el Perú o incluso para la ciencia. Por otro lado, dentro de las más de 350 especies que registraron durante el estudio, los ornitólogos observaron que el rango de más de 70 de ellas se ha extendido, tanto desde los Andes como desde otras zonas amazónicas más bajas. Esto se debe al escaso conocimiento que hasta ahora se tenía de las cumbres de Kampankis.
La culebra acuatica Pseudoeryx plicatilis.
Foto: A. del Campo
Los botánicos prensando plantas en su mesa de trabajo.
Foto: A. del Campo
 El “efecto tangarana”
El último día en el campo despertó sentimientos encontrados entre los diferentes miembros del equipo. Ya que lógicamente todos extrañamos a nuestros seres queridos, estamos felices porque los veremos pronto. Sin embargo, como todos nos hemos quedado hechizados con las maravillas que hemos encontrado en Kampankis, nos preguntamos si en algún momento retornaremos a estas hermosas y sagradas montañas.
El helicoptero llegando a recoger el equipo del ultimo campamento.
Foto: A. del Campo


El equipo en el helicóptero.
Foto: A. del Campo
El helicóptero llegando al Caserío La Poza
Foto: A. del Campo
En el bosque existe una especie de árbol cuya copa puede percibirse a la distancia por sus frutos rojizos que semejan flores. Dentro del bosque, ninguna planta crece cerca del entorno del árbol ni en su tronco. Tampoco se ven otras especies de insectos circulando sobre la lisa superficie del tronco. A estos árboles se les conoce en la selva como tangaranas, y han formado una interesante simbiosis con una especie de hormiga que también se llama tangarana. El árbol segrega una sustancia resinosa dulce que sirve de alimento a las hormigas, y a cambio, las hormigas mantienen al árbol libre de cualquier plaga que pueda crecer en él. Basta que uno se acerque al árbol para que las feroces hormigas—que tienen una picadura que causa un dolor muy intenso por varios minutos—empiecen a salir inmediatamente del interior del tronco por unos huequitos para cerciorarse de que nada amenace a su preciado árbol. Los pobladores Awajún y Wampis me hacen acordar mucho a las tangaranas, ya que ellos durante cientos de años han sabido cuidar tenazmente a la cordillera Kampankis, que a cambio les brinda innumerables beneficios ambientales como agua limpia, peces, aire puro, medicinas para curarse y animales para cazar. Entonces, aunque nos vamos, lo hacemos con la esperanza de que estos bosques seguirán manteniendo su enorme riqueza a perpetuidad, y que el inventario podrá contribuir con su granito de arena para que así suceda.

Todo el equipo, antes de salir del campo
Foto: A. del Campo


Nota por Alvaro del Campo, Biologo de Conservación

3 comentarios:

  1. Esperamos salga pronto la publicación,y tambien se animen a exponer lo encontrado en Chachapoyas, en apoyo a la iniciativa regional de areas de conservación, saludos.
    Lucio.

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  2. Sí, Alvaro, guárdame un ejemplar de Kampankis!...

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  3. Buen aporte de su parte. Soy Wampis y vivo en esta hermosa tierra de los vencedores del Cenepa. Kanpankis un lugar exótico e increíble.

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