martes, 27 de setiembre de 2011

Al Mirar Lo Mismo Pero Al Observar Quien Sabe?

Escrito 2 de setiembre del 2011

Conociendo la flora de los Cerros de Kampankis: una joya biológica en los confines del norte peruano

Botánico Isau Huamantupa con un árbol de familia indeterminada colectada en
la parta más alta de la cordillera de Kampankis.
Foto: D. Neill 

Por allá en el 2002, cuando empezaba a conocer la flora peruana más allá de los bosques andino-amazónicos de Cusco, junto a otros compañeros de otros departamentos tuve la gran suerte de conocer y estar en una de las montañas aisladas del extremo sur de la cordillera del Cóndor, en la localidad de Chiriaco en Amazonas.
Esta pequeña montaña presentaba una gradiente altitudinal que iba de los 400 hasta los 1030 msnm. En la parte baja la flora en cuanto a géneros eran los que conocía en las selvas de Cusco, como Inga, Ormosia, Tachigali, Erythrina (Fabaceae), Virola (Myristicaceae), Guarea (Meliaceae) entre otras, en fin, claro, con algunas especies diferentes pero no tan llamativas como esperaba. Sin embargo, en nuestro recorrido al llegar a 800 m, la flora tan de repente empezó a transformarse, mostrándose con diferente estructura y composición. Es así que al llegar a la cima sobre los 1030 m la flora era completamente diferente en cuanto a los taxones pero algo similar en estructura a los bosques nublados de las partes altas entre los 2700 y 3000 m del Manu y Quillabamba en Cusco.

Erythrina schimpffii Diels (Fabaceae). Árbol hasta 6 m, con flores rojas
vistosas similar a E. edulis. Previamente considerado como endémico de 
Ecuador. La registramos en el bosque de colinas bajas con suelos arcillosos
 del campamento 2.
Foto: I. Huamantupa

Fue en ese momento que junto a mis compañeros quedamos anonadados de las plantas extrañas que veíamos. Todos ansiosos de saber de aquellas rarezas, comenzamos a bombardear de preguntas a nuestro gran profesor Rodolfo Vásquez, quien apasionadamente nos explicaba la biogeografía y relaciones florísticas de aquellas montañas de areniscas blancas. Entonces comprendimos mejor lo que pasaba con estas montañitas aisladas, donde conocimos los hasta ahora géneros extraños de plantas como Mapania (Cyperaceae), Euceraea (Flacourtiaceae) y Alloneuron (Melastomataceae), entre otros, los cuales ni en bibliografía alguna de la flora peruana habíamos conocido. Y así ya habiendo tenido esta experiencia única que quizás pocos botánicos tanto peruanos y ecuatorianos han tenido la suerte de vivir, hasta hace pocos días y hoy mismo terminé de comprender de lo afortunado que había sido.
Ya hace poco a mediados del 2010, recibí una invitación del Field Museum para participar en el presente inventario en los Cerros de Kampankis. Al recordar y revisar en los mapas rápidamente me di con la sorpresa que se trataba de una cordillera adyacente a la del Cóndor. Acepté inmediatamente la invitación sin dudarlo y durante el tiempo antes de estar en la zona de estudio estuve pensando en volver a ver aquella flora única y rara en estas montañas.

Guzmania circinnata Rauh (Bromeliaceae). Epífita 
de 1m, frutos marrones alargados, presenta las flores y 
brácteas coloreadas de color morado y rojo y líneas 
blancas. Era conocido para Costa Rica y Panamá, la 
registramos en las cimas del bosque pre-montano de 
suelos de arena blanca del campamento 2 y 4.
Foto: I. Huamantupa
Finalmente, al ya estar en el primer campamento, entre todos los botánicos buscamos indirectamente en todas las trochas estas formaciones. Aunque no hallamos cosa parecida a la flora de las montañas del Cóndor, conocimos otra muy particular con especies y géneros no vistos en otro lugar, que crecía sobre formaciones de rocas calizas y pequeños depósitos de arena blanca. Ya en el segundo campamento supimos que una de las trochas llegaría hasta los 1350 m. Al día siguiente de haber llegado fuimos rápidamente y al llegar a la cima, fue como si hubiera llegado a las cimas o cumbres de los fundos de mi padre en la Amazonía de Cusco, ya que eran abundantes las palmas Pholidostachys synanthera, Iriartea deltoidea, Socratea exorhiza y varias especies de orquídeas del sur peruano. Igualmente mis otros colegas se mostraban un poco desilusionados, quizás porque al igual que yo esperaban ver otros taxones más extraños. En fin, hasta el tercer campamento realizamos colecciones e identificaciones de plantas ya conocidas y otras pocas extrañas no vistas en el Cóndor ni en otras zonas, pero como que no le dimos mucha importancia quizás porque nuestros pensamientos seguían enfocados en las rarezas típicas solo del Cóndor.

Monophyllorchis microstyloides (Rchb. f.) Garay (Orchidaceae).
Esta hierba terrestre, presenta las hojas con el envés morado,
el haz con líneas blancas vistosas, fue común hallarla en el
sotobosque del bosque de colinas bajas del campamento 3. 
Era ampliamente conocido para varios países de Centro América, 
es el primerregistro del género y especie para Perú. 
Foto: I. Huamantupa


En el campamento 4, supimos que la altura máxima de las cimas llegaba por encima de los 1400 m y esta noticia nos hizo pensar aún más que ibamos hallar muchas cosas interesantes. Subimos el primer día con planes de quedarnos una noche y regresar al día siguiente. Ya en el camino a medida que avanzábamos observamos que las montañas eran más altas y las crestas bastante largas comparadas a los otros campamentos. En el recorrido cruzamos entre los 800 y 900 m por una gran extensión de afloramientos de rocas calizas con formas cársticas, donde la flora era diferente con la presencia de algunas propias de ésta como Metteniusa tessmanniana (Icacinaceae), Matisia sp. nov. (Malvaceae) y Chamaedorea pinnatifrons (Arecaceae). 

Trianaea naeka S. Knapp   (Solanaceae). Epífita arbustiva 
entre 2-3 m, presenta flores marrón cremosas pendulares, 
es polinizada por  murciélagos.  Hasta antes de este 
registro se consideró como endémico de Ecuador, la cual 
fue colectada cerca de la zona fronteriza. 
Foto: I. Huamantupa                 

Luego de haber pasado la flora de las rocas calizas ya a los 950 m, comenzamos a recorrer pequeñas montañas aisladas con suelo de areniscas blancas, con especies distintas y parecidas a un bosque premontano, con la presencia de Podocarpus oleifolius (Podocarpaceae), Wettinia cf. longipetala (Arecaceae) y Tibouchina sp. (Melastomataceae), que también están presentes en la Cordillera del Cóndor. Esto nos alentaba a seguir trepando rápidamente, y entonces observamos que los cambios eran graduales; por una parte aparecían estas montañitas aisladas con pequeños árboles y arbustos y por otra un bosque con árboles altos como Cedrela nebulosa (Meliaceae).
Ya al llegar a los 1300 m, el bosque cambió completamente a un bosque típico montano con la presencia de árboles, palmas, arbustos y epifitas como Talauma sp. (Magnoliaceae), Dictyocaryum lamarckianum (Arecaceae), Humiriastrum sp. (Humiriaceae), Miconia spp. (Melastomataceae), Ilex sp. (Aquifoliaceae), Clusia spp. (Clusiaceae), Lozania sp. nov. (Lacistemataceae), así como las epifitas interesantes Burmannia kalbreyeri (Burmanniaceae) y Psammisia sp. nov. (Ericaceae). 

Psammisia sp nov. (Ericaceae). Arbusto hemiepífito, presenta
 las hojas con venación  penninervadas, las flores en las ramas 
son llamativas las corolas verde oscuras, con el cáliz rojo intenso.
La colectamos en las cimas del bosque pre-montano de suelos de
arena blanca del campamento 2 y 4.
Foto: I. Huamantupa

Entonces, bastante entusiasmados por la mañana, fuimos hasta el filo de la cima y el paisaje simplemente era impresionante: a unos pocos kilómetros veíamos la Cordillera del Cóndor, claro en medio el valle del río Santiago. Nada perezosos posamos para las cámaras y comenzamos a colectar numerosos especímenes fértiles, entre ellas varias nunca vistas por ninguno de nosotros, claro que David Neill era el más experto de todos. Con estos hallazgos regresamos al campamento principal, en gran medida satisfechos por lo hallado pero aún con el “saborcito amargo” como decimos comúnmente de no haber encontrado esa flora típica del Cóndor.
Después de haber registrado y colectado la flora en todos los campamentos, y al realizar nuestros resúmenes durante los últimos días en campo, entre todos los botánicos corroboramos que no habíamos hallado la flora distintiva de la Cordillera del Cóndor como nosotros esperábamos. Al mismo tiempo los hábitats encontrados en algunos sectores, especialmente en las crestas montañosas comparadas a las del Cóndor se mostraban en un área bastante reducida, por lo que posiblemente las condiciones de colonización no fueron muy óptimas, para las plantas esperadas. Finalmente al realizar el recuento de la flora interesante hallada, nos dimos cuenta que el número de registros nuevos para la flora peruana y de posibles especies nuevas para la ciencia (y siendo muy conservadores) llegó a más de 7 nuevos registros para la flora peruana y más de 15 posibles especies nuevas. Estos son números bastante altos considerando el área y tiempo de nuestra exploración; del mismo modo, son superiores a los de la mayoría de otros inventarios.

Gyranthera amphibiolepys (Malvaceae). Árbol hasta 40 m, 
viene siendo descrito de colecciones del sur ecuatoriano,
la presente corresponde a la primera colección de Perú.
La registramos en varios puntos del bosque de colinas
bajas y medias con suelos arcillosos y de roca caliza.
Presenta distintivamente raíces tabulares gigantes y es
llamado comúnmente como "cuero de sapo", por la forma
de la corteza.
Foto: I. Huamantupa

 Por tanto, nuestra gran lección y conclusión aprendida es que el deseo de hallar las cosas más extrañas –en este caso la flora extraña del Cóndor– nos puede cegar para dar el debido valor de lo que tenemos y conocemos. Pero una vez abiertos los ojos al revalorar, las cosas que conocimos en este caso –los hábitats registrados, posibles especies nuevas y registros interesantes– superaron largamente las expectativas iniciales. Con un poco más de estudio muy probablemente en la pequeña cordillera de Kampankis, tengamos igual o mayor número de especies endémicas de la Cordillera del Cóndor.


Nota escrita por Isau Huamantupa, Botánico de Conservación


domingo, 18 de setiembre de 2011

La Vista desde la Cumbre

Escrito 27 de agosto del 2011

Este video fue grabado mientras nos aproximábamos al punto más alto de las trochas en nuestro primer sitio de inventario: el borde de un acantilado emergente de roca caliza desde donde se observa a la distancia la Cordillera del Cóndor a través del valle del río Santiago.


Las imágenes de las primeras dos terceras partes del video son las que vemos durante horas cada día en el campo. Como es cotidiano en el inventario, un poco de paciencia durante la caminata es recompensada muchas veces con el premio que te espera al final.

video

Nota por Nigel Pitman, Botanico de Conservación

domingo, 28 de agosto de 2011

¡Hasta siempre Kampankis!

Escrito el 23 de agosto del 2011

Escribo estas líneas desde Puerto Galilea, localidad ubicada a orillas del río Santiago, en la región Amazonas. Hace dos días salimos del monte, y debido a que una espesa nubosidad cubre toda la zona por la presencia de un frente frío que llegó desde Brasil, estamos todos aquí esperando a que el cielo se despeje para poder volar finalmente a la ciudad de Tarapoto. Allí, escribiremos durante una semana el informe preliminar del inventario rápido. Ayer por la mañana los diferentes equipos empezaron a escribir sus resúmenes, y después que los pilotos nos informaron que ya no volaríamos ese día, decidimos jugar un partido de fulbito con dos de ellos, con los ictiólogos, dos de los botánicos y un poblador local. El partido tuvo que ser suspendido por falta de luz natural, aunque pudimos ver finalmente los rayos del sol iluminando con tonos naranjas y rojos las nubes que cubren los alrededores del Santiago, lo que nos dio, además de un bello espectáculo, la esperanza de poder volar a Tarapoto. Apenas regresamos del campo, tal como se lo habíamos prometido a las autoridades locales, los propios científicos presentaron los sorprendentes resultados iniciales del inventario en los cerros Kampankis—incluyendo muchas fotos—a los pobladores y autoridades locales de la cuenca.

Geologo Vladimir Zapata presenta los resultados geológicos.
Foto: A. del Campo
Presentación de resultados por los científicos locales.
Foto: A. del Campo
Botanico David Neill explicando los resultados del inventario rápido.
Foto: A. del Campo

Una niña mirando las laminas a colores hechas por Field Museum.
Los antropologos anotaron los nombres Wampis y Awajún con la meta de
crear guias con ambos el nombre indígena y el nombre científico.
Foto: A. del Campo
Cuarto filo: una ventana al Santiago
 Como tuvimos que quedarnos una noche más aquí en Galilea, y parece que el tiempo no va a cooperar para volar, sin perder un segundo Debby empezó a organizar a los grupos para ganar tiempo y comenzar con el ejercicio de fortalezas, amenazas, oportunidades y recomendaciones desde aquí. La gente se acomodó en algunas de las mesas de este enorme hotel de cemento, que aunque distorsiona el paisaje y continúa creciendo tiene una vista envidiable. 
Científicos en reunion de trabajo en el Hotel en el Caserío La Poza.
Foto: A. del Campo
Desde nuestro improvisado salón de trabajo se observa una gran playa al frente del Santiago, los pequepeques y otras embarcaciones que surcan y bajan el río, y al fondo las montañas que apenas se dejan ver por capricho de las nubes. Esas mismas colinas las habíamos escalado en cada uno de los cuatro sitios del inventario. 

Las crestas de los Cerros de Kampankis, cubiertas por nubes.
Foto: A. del Campo
El cuarto sitio tenía un sabor especial para mí ya que, junto a los pobladores Awajún de la quebrada Cangasa, hicimos la larga y accidentada trocha que llegó hasta la cumbre de Kampankis. 

La cresta de Kampankis desde el mirador en el campamento cuatro.
Foto: A. del Campo
Esta vez subí con Renzo y Emilio Cenepo, apu de la comunidad de Nueva Alegría, observando aves hasta que llegamos como a las tres de la tarde al campamento satélite que se encontraba a poco más de un kilómetro de distancia de la cima. 
Raices y rocas calizas.
Foto: A. del Campo
Luego de la enésima lata de atún con galletas de soda, subí con Emilio para observar el atardecer desde el mirador del filo de la cordillera, mientras que Renzo se quedó registrando especies de aves de colina. 

El puesto del sol en el mirador.
Foto: A. del Campo
En el mirador también se encontraba Ernesto, otro de los ornitólogos del grupo. Hermosas tangaras y tucanetas con colores casi surrealistas nos obsequiaron un inolvidable show antes de caer la noche cuando retornamos a acampar en el pequeño claro.

A la mañana siguiente, antes de volver a subir a la cumbre para observar el amanecer, un grupo de despreocupados monos choro se desplazaba entre las ramas de los árboles. Vimos a uno de los machos posado en una rama, la que luego balanceó hasta en tres oportunidades para catapultarse a si mismo hacia otro árbol. Cuando llegamos al mirador, mientras yo tomaba algunas fotos, Emilio intentaba identificar con mis binoculares algunas de las comunidades ubicadas a orillas del Santiago. A cada momento exclamaba: “Ahí está Democracia,” “En esa curvita está Yutupis,” “Ahí al fondo se ve La Poza.” 
Tributarios del río Santiago
Foto: A. del Campo
Al frente de nosotros observábamos una imponente montaña, pero como no podía retratarla con mi cámara en toda su dimensión ya que estaba parcialmente tapada por unas palmeras, tuve que treparme a uno de esos árboles cubiertos de musgo y plantas epífitas para tomar una foto. Antes de emprender el retorno de bajada al campamento principal,  me pareció escuchar a unos guacamayos a lo lejos, así que le pedí mis binoculares a Emilio. Cuando volaron, me di cuenta por qué no los había podido ver en primera instancia. Se trataba de dos Guacamayos Militares (Ara militaris), cuyo verde plumaje los mimetiza perfectamente con las hojas de los árboles.

Interacciones y nuevos descubrimientos
 Los herpetólogos habían pasado las noches anteriores buscando especies de ranas y lagartijas de colinas, y como van siempre en la oscuridad, ellos encuentran a veces con sus linternas algunas aves durmiendo en las ramas de los árboles. Pablo logró fotografiar algunos de estos pájaros con su pequeña cámara, contribuyendo así con el registro de especies del inventario. En general los científicos interactúan todo el tiempo unos con otros. Vladimir, el geólogo del equipo, en todo momento intercambia información de los suelos y las rocas con los botánicos y con otros miembros del equipo. Los ictiólogos averiguan qué semillas comen algunos peces con la ayuda de los botánicos. Lo mismo los ornitólogos y Lucía, la mastozoóloga, quienes muchas veces observan respectivamente aves y mamíferos consumiendo frutos en las copas de los árboles. Durante el inventario, a manera de aprendizaje mutuo los biólogos interactuaron también con los científicos locales y los asistentes de campo que habían sido previamente seleccionados en las comunidades para apoyarnos en el monte. Es importantísimo contar con un equipo interdisciplinario durante un inventario para entender mejor como funciona la compleja dinámica del bosque.
Apus del río Cangasa observando serpientes y usando las laminas.
Foto: A. del Campo
Nigel Pitman hablando del trabajo de los botánicos con los pobladores locales.
Foto: A. del Campo
Alessandro Catenazzi enseñando el trabajo herpetológico a los pobladores locales.
Foto: A. del Campo 
Lucia Castro intercambiando datos sobre mamíferos con los expertos locales.
Foto: A. del Campo
 Aunque todavía se tiene que hacer consultas con otros expertos, durante el inventario rápido los científicos han encontrado varias especies de ranas, lagartijas, plantas y peces que podrían ser nuevas para el Perú o incluso para la ciencia. Por otro lado, dentro de las más de 350 especies que registraron durante el estudio, los ornitólogos observaron que el rango de más de 70 de ellas se ha extendido, tanto desde los Andes como desde otras zonas amazónicas más bajas. Esto se debe al escaso conocimiento que hasta ahora se tenía de las cumbres de Kampankis.
La culebra acuatica Pseudoeryx plicatilis.
Foto: A. del Campo
Los botánicos prensando plantas en su mesa de trabajo.
Foto: A. del Campo
 El “efecto tangarana”
El último día en el campo despertó sentimientos encontrados entre los diferentes miembros del equipo. Ya que lógicamente todos extrañamos a nuestros seres queridos, estamos felices porque los veremos pronto. Sin embargo, como todos nos hemos quedado hechizados con las maravillas que hemos encontrado en Kampankis, nos preguntamos si en algún momento retornaremos a estas hermosas y sagradas montañas.
El helicoptero llegando a recoger el equipo del ultimo campamento.
Foto: A. del Campo


El equipo en el helicóptero.
Foto: A. del Campo
El helicóptero llegando al Caserío La Poza
Foto: A. del Campo
En el bosque existe una especie de árbol cuya copa puede percibirse a la distancia por sus frutos rojizos que semejan flores. Dentro del bosque, ninguna planta crece cerca del entorno del árbol ni en su tronco. Tampoco se ven otras especies de insectos circulando sobre la lisa superficie del tronco. A estos árboles se les conoce en la selva como tangaranas, y han formado una interesante simbiosis con una especie de hormiga que también se llama tangarana. El árbol segrega una sustancia resinosa dulce que sirve de alimento a las hormigas, y a cambio, las hormigas mantienen al árbol libre de cualquier plaga que pueda crecer en él. Basta que uno se acerque al árbol para que las feroces hormigas—que tienen una picadura que causa un dolor muy intenso por varios minutos—empiecen a salir inmediatamente del interior del tronco por unos huequitos para cerciorarse de que nada amenace a su preciado árbol. Los pobladores Awajún y Wampis me hacen acordar mucho a las tangaranas, ya que ellos durante cientos de años han sabido cuidar tenazmente a la cordillera Kampankis, que a cambio les brinda innumerables beneficios ambientales como agua limpia, peces, aire puro, medicinas para curarse y animales para cazar. Entonces, aunque nos vamos, lo hacemos con la esperanza de que estos bosques seguirán manteniendo su enorme riqueza a perpetuidad, y que el inventario podrá contribuir con su granito de arena para que así suceda.

Todo el equipo, antes de salir del campo
Foto: A. del Campo


Nota por Alvaro del Campo, Biologo de Conservación

viernes, 26 de agosto de 2011

Aves: Casi Todo Es Nuevo

Escrito 20 agosto 2011

Tres días antes de la salida de este, mi primer inventario, Doug Stotz me llevó a la colección de aves del Museo Field en Chicago para mostrarme algunas de las especies de interés especial de los Cerros de Kampankis, una región inexplorada ornitológicamente.

Doug abrió una de las gavetas de hormigueros con una serie de especímenes.  De manera ágil me comentó las diferencias sutiles entre varios grupos de especies cercanamente emparentadas y de identificación confusa.  “Esperamos encontrar este colibrí” me dijo poco después señalando con el índice las diferencias de color con otra casi idéntica.  “También esta Grallaria”… “este mosquero”… “este gavilán”… y siguió señalando especies mientras yo tomaba notas tan rápido como me era posible.

La mayoría de las especies esperadas es nueva para mí.  La porción del Neótropico que he visitado con frecuencia, del sur de México hasta Panamá, comparte muchas de las familias y los géneros que habríamos de encontrar en el norte del Perú, aunque América del Sur tiene la avifauna más diversa del mundo y hay muchísimas especies diferentes para cada uno de esos grupos. 

Ante lo complicado del asunto, opté por prepararme lo mejor posible: leí tanto de la guía de campo de las Aves del Perú (de la cual Doug es coautor) como me fue posible, repasando cada ilustración y mirando con detenimiento los mapas de relieve y vegetación que pueden revelar la distribución de las especies.  Miré los apéndices del Inventario Rápido más reciente para tener una idea más clara del número de especies registradas en el sitio previo y ponderar las expectativas de mi trabajo en el campo.  Le saqué a mi iPod toda la música que tenía y en su lugar cargué el contenido de varios CDs de aves de la Amazonía y de los Andes del Perú y por días no escuché sino cantos de aves; recordar el cau-cau-cau para el familiar Trogon collaris, pero también aprender por primera vez el chu-chu-chu-chuchuchu del hormiguero Myrmotherula axillaris y el cher-chrrr, chrrr del carpintero Melanerpes cruentatus que jamás había escuchado. 

Y llegó mi primer día en el campo.  En el equipo de aves están Renzo Zeppilli y Debby Moskovits, ambos con gran experiencia en identificar aves en el Perú y que escuchan voces en el bosque e identifican a diestra y siniestra a quien llama o canta.  “ése es Myrmoborus myotherinus”… “aquel es Tangara chilensis”… “oh, Patagioenas plumbea, allá, en la distancia”.  Esa mañana cada quien tomó su trocha.  Yo salí con mi mochila al hombro.  En ella llevé mi grabadora digital con un micrófono, mi cámara fotográfica y mi guía de aves.  En el bolsillo izquierdo, mi iPod con un pequeño altavoz.  En el derecho, mi libreta de campo.  Colgados del cuello, mis binoculares.

Ernesto Ruelas, ecólogo de conservación del Museo Field, revisa grabaciones en 
la ribera de la Quebrada Katerpiza.  Las botas de jebe talla europea 46 son difíciles 
de encontrar en Tarapoto y a veces las más coloridas, de pitufo, son la única opción.  
Foto: Á. del Campo.

¡Ssscuiiii-cueo! Escuché en la cercanía, cerca de la quebrada.  Muy sonoro, clarísimo.  Parecido a “mi” Lipaugus unirufus.  Alcancé mi iPod y busqué “Lipaugus”, toqué la voz y de inmediato identifiqué ese pájaro que no pude ver pero cuya voz es inconfundible.  Nueva especie para mí, éste tiene el (muy apropriado) nombre de Lipaugus vociferans.  Seguí el sendero, tzk-tzk-tzk, luego cou-cou-coucoucou, etc.  Busco en el iPod, algunos son fácilmente identificables, otros no.  Tomé grabaciones de lo que valía la pena documentar y de lo que no conocía.  Con el paso de los días aprendí más y más vocalizaciones y calculé en la mente cuántos pájaros había podido ver y a cuántos sólo pude identificar por sus vocalizaciones.  ¿Serían 80% de las identificaciones por voces y 20% por avistamientos?


Phaethornis bourcieri fotografiado durmiendo.  Los colibríes reducen su 
tasa metabólica durante la noche para ahorrar energía y mantienen su temperatura 
corporal poniendo sus plumas en una posición perpendicular a la piel que inmoviliza 
el aire a su alrededor.  Acercárseles de noche para fotografiarlos es fácil por 
su estado de torpidez; encontrarlos no lo es.  
Foto: Á. del Campo.



Tres campamentos después (con muchas vocalizaciones identificadas positivamente y también muchas sin determinar) me siento más familiar con lo más común de lo encontrado en tierras bajas, a 300 metros sobre nivel del mar aproximadamente.  Cada miembro del equipo de aves ha recorrido diariamente entre 4-10 kilómetros de trochas registrando aves.  Hemos hecho tres escaladas a altitudes mayores de 1000 (dos de ellas a 1400 msnm) que nos trajeron valiosos registros nuevos de especies montanas y especies adicionales a nuestro inventario, incluido el gallito de las rocas considerado por muchos el ave nacional del Perú.

Cada noche nos sentamos a revisar lo encontrado por cada observador, compartimos los detalles de los avistamientos notables y recopilamos los datos en un listado central.  Los días han pasado muy rápido.  Tengo los brazos tapizados de picaduras de mosquitos y de otros bichos.  Los pies más o menos acostumbrados a las botas de jebe. 


El ornitólogo peruano Renzo Zeppilli discute el significado cultural del inchituch 
(Wetmorethraupis sterropteron en Wampis) con científicos locales en el 
Campamento 4 en la Quebrada Wee.  
Foto: Á. del Campo.


Hoy estamos en la última localidad que visitaremos, el Campamento 4, y nuestra lista tiene más de 340 especies.  Hice una caminata ligeramente más breve que lo normal, pues hay que empezar a trabajar los informes y a sintetizar la información de nuestro viaje completo.  Al revisar el listado confirmo muchas de las especies potenciales que esperábamos encontrar en Kampankis, pero también hay muchas sorpresas no esperadas.  De las especies esperadas encontramos a la mayoría, incluido el colibrí, la Grallaria y el mosquero que Doug me enseñó hace poco más de tres semanas en Chicago; en la memoria tengo ya organizadas las voces de muchos, incluido chu-chu-chu-chuchuchu,  tzk-tzk-tzk, y también el muy interesante cou-coucou, que es uno de mis halcones favoritos.


El ornitólogo peruano Renzo Zeppilli discute el significado cultural del inchituch 
(Wetmorethraupis sterropteron en Wampis) con científicos locales en el 
Campamento 4 en la Quebrada Wee.  
Foto: Á. del Campo.

 Nota por Ernesto Ruelas, Ornitólogo de Conservación

sábado, 20 de agosto de 2011

Quien Fuera Un Bujurqui

Escrito 18 de agosto del 2011
Las aguas claras, transparentes, torrentosas, y limpias de las quebradas y ríos de los cerros de Kampankis deben de ser un excelente lugar para vivir para los peces que evolutiva y naturalmente “escogieron” (o fueron escogidos?) hacer de estos hábitats su hogar, y si tuviera que darle algún adjetivo superlativo para calificarlos diría que es un lugar “paradisíaco” (en términos de la ictiofauna claro está, el lector no vaya a imaginar una playa turística como Cancún o Varadero).
Paridisiacas pozas de los Cerros Kampankis.
Foto: M. Hidalgo

Muchos bujurquis (Bujurquina cf. hophrys) pueden en quebradas como Kampankis observar absolutamente todo lo que acontece allá afuera “en el otro mundo,” aquel separado por la delgada línea que divide el agua del aire. Los días soleados con el intenso azul del cielo se transforman en un espectáculo hermoso y del mismo modo, la vista del bosque verde ribereño provee con sus sombras seguramente lugares de camuflaje, pero sobretodo la promesa de lo que desde sus ramas pueda caer al agua-–es un hecho que todo lo que cae en el río es atacado en cuestión de segundos por cardúmenes de pequeños carácidos como Astyanacinus y Hemibrycon--siendo este un ejemplo de la estrecha relación entre los bosques y los hábitats acuáticos.
Desde el fondo de estas aguas cristalinas, la vista de las montañas de Kampankis debe de ser una de las cosas más gratificantes que pueda un ser vivo observar, especialmente para especies muy visuales y territoriales como Bujurquina cf. hophrys. Si a esto le sumamos noches de luna llena, quizás ahora pueda acercarme más a mi idea original del lugar “paradisíaco” (y siendo sincero, yo nunca he visto la luna llena desde abajo del agua, pero el solo hecho de imaginármela hace que casi lo crea con firmeza). En general la mayoría de peces amazónicos no disfrutan de este espectáculo visual-–salvo aquellas especies de peces que viven en zonas montañosas del piedemonte andino y en los Andes--ya que como sabemos las aguas turbias de la mayoría de grandes ríos amazónicos en el Perú (y que incluyen al Santiago, Morona y Marañón) no permiten mirar durante todo el año mas allá de apenas unos centímetros dentro de sus aguas. 

Mimetizandose con el entorno.
Foto: M. Hidalgo

Bujurquina cf. hophrys (junto con algunos loricáridos del genero Chaetostoma y los carácidos mencionados previamente) son de las especies más comunes en las aguas de los cerros de Kampankis. Caminando al lado de las quebradas es muy fácil observar a estos “bujurquis” o “kantash,” y de hecho es el único cíclido de los Cichlasominae que hemos observado en estos cerros. Estas especies tienen cuidado parental muy marcado, lo cual puede ser fácilmente observable cuando nos acercamos al borde de la poza donde están libremente nadando. Si logras que no te vean ellos primero, podrás mirar al menos un par de docenas de pequeños “bujurquitos” de menos de 5 mm de tamaño explorando el ambiente –en busca de microorganismos o algo para comer mientras atenta y sigilosamente la madre los va resguardando a unos pocos centímetros ante la posible aparición de cualquier evento que considere peligroso, como por ejemplo, que un ictiólogo se acerque a husmear que hacen. Es entonces que la madre abre rápidamente la boca y con una delicada pero veloz succión hace que sus crías queden protegidas dentro de su interior, quedando así explicado el porque estos cíclidos tienen las mejillas tan redondeadas que parecieran que siempre están masticando algo.
Las mejillas de los bujurquis pueden llevar bujurquitos.
Foto: M. Hidalgo

Marcando fuertemente sus bandas oscuras verticales y la banda longitudinal horizontal que pasa por la cabeza en forma de vincha o bandana-–y que les da ese patrón distintivo de coloración a todas las especies de Bujurquina–-me queda claro que lo que busca luego la mama “kantash” es romper el continuo de su cuerpo de forma que las sombras cumplan el resto de la misión que es camuflarse de mi presencia … y por un momento lo logra luego de que un súbito movimiento corporal hace que cambie de posición en la poza cristalina, mimetizándose con el entorno. El día que me quedé observando a la mama “bujurqui” en una de las quizás cientos de pozas que como esta hay en los cerros de Kampankis hubo una fuerte lluvia de alrededor de 1 hora y media, que hizo que la apacible y paradisíaca quebrada de nuestro campamento 3 se transformara en un peligroso torrente que seguramente nos hubiera podido llevar hasta el río Santiago. Mientras en el campamento monitoreábamos temerosos la quebrada deseando que no suba mas de nivel (casi alcanzó nuestro helipuerto), yo me preguntaba qué habría sucedido con la mama “bujurqui” y sus crías. ¿Se la habría llevado el torrente? ¿Las aguas turbias lodosas no la dejaron ver por donde nadar hasta un sitio más seguro? Me tranquilicé cuando al día siguiente ví que el agua de la quebrada volvió a ser la apacible quebrada transparente que conocí, y que en sus pozas muchas mamas “kantash” volvían a sacar a pasear a sus pequeños bujurquitos para que se alimenten mientras ven el cielo azul otra vez.
Los cerros de Kampankis con ictiológicamente una fuente inmensa de historias naturales como esta-–y de especies probablemente únicas como hasta ahora hemos registrado, las que incluyen probables especies no descritas de Lebiasina, Creagrutus y un Glandulocaudinae no determinado, y puedo asegurar que ahora entiendo con mayor intensidad el porqué para las poblaciones milenarias que han vivido y usado estas montañas es muy importante su protección y conservación.
 Nota por Max Hidalgo, Ictiologo



viernes, 19 de agosto de 2011

Campamento Cuatro

Escrito 17 de agosto del 2011
Hoy es 17 de agosto de 2011 y ayer llegamos al último campamento del inventario, el que me había tocado hacer a mí con la ayuda de Gonzalo Bullard y Guillermo Knell, y con la decidida participación de los pobladores Awajún de la quebrada Cangasa. Buena parte del grupo ha subido a estudiar la cresta de la montaña, la cual llega a 1,430 msnm (el campamento base esta a 310 metros de altitud). Yo subiré mañana, tal como lo hemos venido haciendo en todos los campamentos. Los ictiólogos se fueron río abajo con Gustavo, uno de los científicos Wampis, a muestrear peces en las escasas aguas remanentes de esta época de vaciante. Los ornitólogos recorren las trochas desde la primera luz del día para incrementar aún más la lista de especies de aves para el inventario. Antes de volar hasta aquí con el helicóptero, pudimos recorrer las largas trochas del campamento 3, aguas arriba de la confluencia de las quebradas Kampankis y Chapiza, afluentes del Santiago. 

Una flor en la quebrada en la subida hacia la cresta.
Foto: A. del Campo
Huishuinchos y una sachavaca
Como todas las mañanas me comuniqué muy temprano por radio con Tyana Wachter, quien impecablemente se hace cargo de las coordinaciones del inventario desde la localidad de La Poza, en el río Santiago. Tyana nos contó sobre los avances de los dos equipos sociales que visitan las comunidades de los ríos Santiago y Marañón recopilando información del estudio de caracterización social del inventario. Los científicos habían dejado sus carpas y ropa mojada secándose en el helipuerto, ya que el día anterior había caído una intensa lluvia que hizo crecer peligrosamente a la quebrada hasta el punto de casi inundar el campamento. Aunque el agua llegó a varias de las carpas, la quebrada detuvo su crecida a escasos diez centímetros de llevarse todo el campamento.  



La quebrada Kampankis crecida.
Foto: A. del Campo

El equipo botánico cruzando la quebrada crecida.
Foto: A. del Campo

Luego de limpiar los lentes de la cámara, víctimas de la humedad de la selva, metí en mi mochila una botella de agua y dos Powerbars, y empecé el ascenso por la trocha Troncal, sabiendo que tenía que recorrer 5,700 metros solo de ida hasta la cumbre. Apenas salí escuché a los ruidosos Huishuinchos (Lipaugus vociferans) emitiendo sus estridentes llamados desde lo más alto de las copas de los árboles. El sonido de estas aves de color gris, emparentadas con las cotingas y los Gallitos de las Rocas, es uno de los más característicos de la Amazonía. Para que tengan una idea del canto, las dos últimas y altísimas notas semejan a una persona silbando en señal de admiración ante la belleza de otra. A los 2,700 metros de la trocha crucé la última quebradita así que llené la botella, ya que todavía faltaban 3,000 metros más para llegar a la cumbre. Se oía una cascada a unos 150 metros de donde me encontraba, así que decidí salirme de la trocha para investigar. La pequeña cascada estaba rodeada por un olor peculiar.

La cascadita en la subida hacia la cresta.
Foto: A. del Campo
Gracias a los blogs se pueden compartir muchas imágenes en fotos y videos, y hasta sonidos mediante archivos digitales, pero es imposible compartir olores así que trataré de describir el olor que percibí al lado de la cascada: era algo así como una compota de frutas fermentadas y mermelada de ciruelas malograda. Una de las grandes y planas rocas de la quebrada estaba “decorada” por todas partes por las heces de algún mamífero que hasta el momento no podía identificar. Cuando regresé a la trocha estaba llena de huellas frescas de sachavaca, y el olor que sentí por la cascada persistía, así que asumí que el mamífero terrestre más grande de la selva había decidido marcar los alrededores de la hermosa cascadita como su territorio. Luego de unos minutos de ascenso logré ver a la sachavaca, la que contrariamente a lo que pensé, prosiguió velozmente por la trocha en vez de ingresar abruptamente al monte a la carrera como suelen hacer.

Los heces de la sachavaca en la cascadita.
Foto: A. del Campo
Tres encuentros con una bella tangara
La noche anterior escuché a Debby y Renzo conversar sobre la Tangara de Garganta Naranja (Wetmorethraupis sterrhopteron), un ave mítica para ciertas poblaciones indígenas. Debby ya la había visto en la trocha Troncal mientras subía, y Renzo me contó que esa bellísima ave se conocía solo del Perú, en un reducido rango en la cuenca del río Cenepa, hasta que hace poco fue descubierta también en Ecuador. Mientras continuaba el ascenso hacia las cumbres por esta parte de Kampankis, escuché los diversos cantos de una bandada mixta de especies de aves. Alcé la mirada hacia el dosel, y pese a los binoculares medio empañados por la humedad del bosque y mi abundante transpiración, pude divisar para sorpresa (y suerte) mía la Tangara de Garganta Naranja. Esta pequeña ave es oscura y con el vientre crema, pero su característica más saltante es sin duda la coloración naranja intensa que matiza su garganta. Poco antes de llegar a la marca de los cinco kilómetros me encontré con Renzo quien pacientemente intentaba llamar a la tangara con ayuda de una grabación de su canto. Le conté que hacía apenas unos minutos la había visto así que empezó a bajar para ver si la encontraba entre la bandada.  

Una Ranitomeya en el camino a la cumbre.
Foto: A. del Campo
Desde los 5,000 metros para arriba el ascenso se hacía cada vez más difícil, muy escarpado y resbaloso. La trocha Troncal termina a los 5,700 metros y Aldo, el líder de brigada de este campamento, había colocado una marca al final donde se leía “1,015 msnm.” En la marca de trocha de vivo color naranja los botánicos, que ya habían subido esa cuesta para estudiar la vegetación a esas alturas, dejaron una nota que reproduzco literalmente:
Para el Final donde esta el Toldo de Plástico – Campamento, seguir derecho y luego subir por las rocas. El camino es accesible hasta la cima. El toldo esta a 50 m a la derecha del camino final cima. Att. Equipo Botanico.

La notita de instrucciones dejado en la subida por los botanicos.
Foto: A. del Campo
Seguí cuidadosamente las instrucciones de los botánicos aunque no fue muy difícil seguir los rastros que ellos mismos habían dejado dos días atrás. Trepé por las rocas con la ayuda de los bejucos (raíces) de los árboles hasta que llegué a una pequeña saliente donde Camilo Kajekai, el botánico Shuar del Ecuador, había construido una especie de escalerita con palos y lianas para ascender al nivel superior. La sensación era cada vez menos de investigación y más de deporte de aventura. Después de continuar por las rocas y raíces llegué por fin a la cumbre donde se percibía un bosque parecido al del campamento 2. Árboles cubiertos de musgo, bosque “esponjoso”, helechos y bromelias dibujaban el paisaje. Era lógico que los botánicos hayan bregado tanto para llegar hasta ahí, dado que es muy importante estudiar la vegetación de las crestas de las montañas en los cuatro sitios. 

El toldo de los botanicos en la cresta.
Foto: A. del Campo

Del otro lado de la montaña descendía una suave pendiente hacia el río Morona. De bajada me encontré con Lucia que venia de subida para colocar las redes de neblina para la identificación de murciélagos a esas alturas. Pude escuchar claramente los cantos de los Gallitos de las Rocas. Observé a lo lejos pero claramente el color naranja intenso de dos machos monte abajo, desplegando su danza de cortejo para impresionar a las inconspicuas hembras emitiendo su canto característico. Observé varias aves más incluyendo tangaras, trepadores, atrapamoscas y jacamares. El mejor regalo que me dio el bosque fue una última aunque breve mirada a la hermosa Tangara de Garganta Naranja, a la cual se le conoce localmente como Inchituch. Ya en el campamento los ornitólogos me dijeron que hasta el momento han observado 275 especies de aves en estas montañas.



Jacamar de Pico Amarillo (Galbula albirostris)
Foto: A. del Campo
Últimos días en el monte
El inventario va llegando a su fin, y dentro de cuatro días estaremos ya todos en Puerto Galilea presentando nuestros resultados preliminares a las autoridades indígenas locales, así que tenemos que aprovechar al máximo nuestros últimos días investigando los asombrosos bosques de la Cordillera de Kampankis.   


Nota por Álvaro del Campo, Biólogo de Conservación