viernes, 19 de agosto de 2011

Campamento Cuatro

Escrito 17 de agosto del 2011
Hoy es 17 de agosto de 2011 y ayer llegamos al último campamento del inventario, el que me había tocado hacer a mí con la ayuda de Gonzalo Bullard y Guillermo Knell, y con la decidida participación de los pobladores Awajún de la quebrada Cangasa. Buena parte del grupo ha subido a estudiar la cresta de la montaña, la cual llega a 1,430 msnm (el campamento base esta a 310 metros de altitud). Yo subiré mañana, tal como lo hemos venido haciendo en todos los campamentos. Los ictiólogos se fueron río abajo con Gustavo, uno de los científicos Wampis, a muestrear peces en las escasas aguas remanentes de esta época de vaciante. Los ornitólogos recorren las trochas desde la primera luz del día para incrementar aún más la lista de especies de aves para el inventario. Antes de volar hasta aquí con el helicóptero, pudimos recorrer las largas trochas del campamento 3, aguas arriba de la confluencia de las quebradas Kampankis y Chapiza, afluentes del Santiago. 

Una flor en la quebrada en la subida hacia la cresta.
Foto: A. del Campo
Huishuinchos y una sachavaca
Como todas las mañanas me comuniqué muy temprano por radio con Tyana Wachter, quien impecablemente se hace cargo de las coordinaciones del inventario desde la localidad de La Poza, en el río Santiago. Tyana nos contó sobre los avances de los dos equipos sociales que visitan las comunidades de los ríos Santiago y Marañón recopilando información del estudio de caracterización social del inventario. Los científicos habían dejado sus carpas y ropa mojada secándose en el helipuerto, ya que el día anterior había caído una intensa lluvia que hizo crecer peligrosamente a la quebrada hasta el punto de casi inundar el campamento. Aunque el agua llegó a varias de las carpas, la quebrada detuvo su crecida a escasos diez centímetros de llevarse todo el campamento.  



La quebrada Kampankis crecida.
Foto: A. del Campo

El equipo botánico cruzando la quebrada crecida.
Foto: A. del Campo

Luego de limpiar los lentes de la cámara, víctimas de la humedad de la selva, metí en mi mochila una botella de agua y dos Powerbars, y empecé el ascenso por la trocha Troncal, sabiendo que tenía que recorrer 5,700 metros solo de ida hasta la cumbre. Apenas salí escuché a los ruidosos Huishuinchos (Lipaugus vociferans) emitiendo sus estridentes llamados desde lo más alto de las copas de los árboles. El sonido de estas aves de color gris, emparentadas con las cotingas y los Gallitos de las Rocas, es uno de los más característicos de la Amazonía. Para que tengan una idea del canto, las dos últimas y altísimas notas semejan a una persona silbando en señal de admiración ante la belleza de otra. A los 2,700 metros de la trocha crucé la última quebradita así que llené la botella, ya que todavía faltaban 3,000 metros más para llegar a la cumbre. Se oía una cascada a unos 150 metros de donde me encontraba, así que decidí salirme de la trocha para investigar. La pequeña cascada estaba rodeada por un olor peculiar.

La cascadita en la subida hacia la cresta.
Foto: A. del Campo
Gracias a los blogs se pueden compartir muchas imágenes en fotos y videos, y hasta sonidos mediante archivos digitales, pero es imposible compartir olores así que trataré de describir el olor que percibí al lado de la cascada: era algo así como una compota de frutas fermentadas y mermelada de ciruelas malograda. Una de las grandes y planas rocas de la quebrada estaba “decorada” por todas partes por las heces de algún mamífero que hasta el momento no podía identificar. Cuando regresé a la trocha estaba llena de huellas frescas de sachavaca, y el olor que sentí por la cascada persistía, así que asumí que el mamífero terrestre más grande de la selva había decidido marcar los alrededores de la hermosa cascadita como su territorio. Luego de unos minutos de ascenso logré ver a la sachavaca, la que contrariamente a lo que pensé, prosiguió velozmente por la trocha en vez de ingresar abruptamente al monte a la carrera como suelen hacer.

Los heces de la sachavaca en la cascadita.
Foto: A. del Campo
Tres encuentros con una bella tangara
La noche anterior escuché a Debby y Renzo conversar sobre la Tangara de Garganta Naranja (Wetmorethraupis sterrhopteron), un ave mítica para ciertas poblaciones indígenas. Debby ya la había visto en la trocha Troncal mientras subía, y Renzo me contó que esa bellísima ave se conocía solo del Perú, en un reducido rango en la cuenca del río Cenepa, hasta que hace poco fue descubierta también en Ecuador. Mientras continuaba el ascenso hacia las cumbres por esta parte de Kampankis, escuché los diversos cantos de una bandada mixta de especies de aves. Alcé la mirada hacia el dosel, y pese a los binoculares medio empañados por la humedad del bosque y mi abundante transpiración, pude divisar para sorpresa (y suerte) mía la Tangara de Garganta Naranja. Esta pequeña ave es oscura y con el vientre crema, pero su característica más saltante es sin duda la coloración naranja intensa que matiza su garganta. Poco antes de llegar a la marca de los cinco kilómetros me encontré con Renzo quien pacientemente intentaba llamar a la tangara con ayuda de una grabación de su canto. Le conté que hacía apenas unos minutos la había visto así que empezó a bajar para ver si la encontraba entre la bandada.  

Una Ranitomeya en el camino a la cumbre.
Foto: A. del Campo
Desde los 5,000 metros para arriba el ascenso se hacía cada vez más difícil, muy escarpado y resbaloso. La trocha Troncal termina a los 5,700 metros y Aldo, el líder de brigada de este campamento, había colocado una marca al final donde se leía “1,015 msnm.” En la marca de trocha de vivo color naranja los botánicos, que ya habían subido esa cuesta para estudiar la vegetación a esas alturas, dejaron una nota que reproduzco literalmente:
Para el Final donde esta el Toldo de Plástico – Campamento, seguir derecho y luego subir por las rocas. El camino es accesible hasta la cima. El toldo esta a 50 m a la derecha del camino final cima. Att. Equipo Botanico.

La notita de instrucciones dejado en la subida por los botanicos.
Foto: A. del Campo
Seguí cuidadosamente las instrucciones de los botánicos aunque no fue muy difícil seguir los rastros que ellos mismos habían dejado dos días atrás. Trepé por las rocas con la ayuda de los bejucos (raíces) de los árboles hasta que llegué a una pequeña saliente donde Camilo Kajekai, el botánico Shuar del Ecuador, había construido una especie de escalerita con palos y lianas para ascender al nivel superior. La sensación era cada vez menos de investigación y más de deporte de aventura. Después de continuar por las rocas y raíces llegué por fin a la cumbre donde se percibía un bosque parecido al del campamento 2. Árboles cubiertos de musgo, bosque “esponjoso”, helechos y bromelias dibujaban el paisaje. Era lógico que los botánicos hayan bregado tanto para llegar hasta ahí, dado que es muy importante estudiar la vegetación de las crestas de las montañas en los cuatro sitios. 

El toldo de los botanicos en la cresta.
Foto: A. del Campo

Del otro lado de la montaña descendía una suave pendiente hacia el río Morona. De bajada me encontré con Lucia que venia de subida para colocar las redes de neblina para la identificación de murciélagos a esas alturas. Pude escuchar claramente los cantos de los Gallitos de las Rocas. Observé a lo lejos pero claramente el color naranja intenso de dos machos monte abajo, desplegando su danza de cortejo para impresionar a las inconspicuas hembras emitiendo su canto característico. Observé varias aves más incluyendo tangaras, trepadores, atrapamoscas y jacamares. El mejor regalo que me dio el bosque fue una última aunque breve mirada a la hermosa Tangara de Garganta Naranja, a la cual se le conoce localmente como Inchituch. Ya en el campamento los ornitólogos me dijeron que hasta el momento han observado 275 especies de aves en estas montañas.



Jacamar de Pico Amarillo (Galbula albirostris)
Foto: A. del Campo
Últimos días en el monte
El inventario va llegando a su fin, y dentro de cuatro días estaremos ya todos en Puerto Galilea presentando nuestros resultados preliminares a las autoridades indígenas locales, así que tenemos que aprovechar al máximo nuestros últimos días investigando los asombrosos bosques de la Cordillera de Kampankis.   


Nota por Álvaro del Campo, Biólogo de Conservación





2 comentarios:

  1. Sé que cada minuto que pasan en el campo es precioso, así que les agradezco muchísimo el esfuerzo de compartir sus experiencias y pensamientos a través de este blog! Sus fotos y palabras me dejan imaginar las detalles de su vida en aquel bosque lejano, tan lleno de belleza y biodiversidad. Gracias por su trabajo valioso y por tomar el tiempo para compartirlo.

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  2. Bueno, hasta que por fin encuentro el blog!!!! y realmente me pasé toda a noche imaginando como serian esos caminos y subidas hacia las cumbres en esos intrigantes cerros. Y lo dificultoso que habrá sido para Alvaro y todo el equipo de avanzada preparar esos campamentos, bueno según Italo me comentó que casi le hace llorar el cerro!!.
    Muy interesante desde el princio con las fotos de Corine y los hermanos awajun, pasando por esos paisajes hermosos y viendo las peripecias de los botanicos en cruzar esa quebrada(alcanzo a divisar a Esáú), una odisea, pero buena.
    Ah y las aves!!!!! que envidia (sana por supuesto) por ese avistamiento del Wetmorethraupis sterrhopteron, realmente una hermosa ave, si no es mucho pedir, habrá alguna fotico???... Tendrás una Alvaro?????????
    Adelante amigos.........

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